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Una historia de la perfumería
El siglo XIX hasta la revolución industrial
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En el siglo XVIII surge un movimiento a favor
de la higiene y del baño que se refleja en la aparición
de dos espacios que no existían en las residencias hasta
ese momento: el aseo y el cuarto de baño.
Esta tendencia higienista se confirma en el siglo XIX con la aparición
de tratados de urbanidad y de higiene que alaban las virtudes del
baño, beneficioso para la salud y para la piel. En efecto,
la higiene es, en esta sociedad fuertemente influenciada por la
burguesía creciente, el símbolo de la pureza del alma
y de la virtud.
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El jabón,
cuya calidad mejora de manera considerable con el descubrimiento
de la sosa artificial en 1791, ocupa entonces un lugar destacable
en la perfumería. El célebre Eugène Rimmel
estima en 1880 que la jabonería de aseo constituye una de
sus ramas más importantes.
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Desde el Renacimiento hasta
la primera mitad del siglo XIX se recurre también mucho a
la perfumería seca que
tiene diferentes usos: polvos para bolsitas, para el rostro, para
la peluca, comercializados "en granel" en grandes tarros
con decoraciones refinadas.
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La perfumería recibe un duro golpe después
de la Revolución francesa, queriendo acabar con todo lo que
podía recordar la Corte de Luis XVI, a pesar de la creación
de perfumes con nombres evocadores: perfume a la guillotina, a la
Nación...
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Sin embargo, a partir del Directorio un frenesí
de lujo y de placeres se ampara de la sociedad. El París
de los Petimetres, con modales extravagantes, locos por el almizcle,
la algalia, la moscada, y por las "Maravillosas", el París
del lujo llamativo y que lleva vestimentas inspiradas en el traje
griego, se convierte en la capital de la moda.
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Bajo el Imperio, mientras Josefina adopta los
olores exóticos (vainilla, clavo y canela), Napoleón
prefiere el
Agua de Colonia que aprecia en forma de fricciones.
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La Restauración constituye la época
del romanticismo y de las fragancias ligeras y suaves, de las aguas
perfumadas y de los ambientadores,
en valiosos frascos de opalina,
cristal overlay, esmalte
tabicado...
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Las señoras elegantes con frecuentes estados
de decaimiento, llevan en el collar, en el anillo u oculto en el
manguito o en el bolso, frascos
de sales y vinagretas que contenían fuertes efluvios
para respirar en caso de malestar.
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Jabón
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El uso del sapo, pasta espumosa a base de grasa
de cabra y de cenizas de saponaria, se extiende en el imperio romano.
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Sin embargo, el jabón a base de álcali
no aparece antes de la Edad Media.
Las famosas jabonerías de Marsella creadas a mediados del
siglo XV conocen una gran expansión en el siglo XVII cuando
tiene lugar el declive de las fábricas italianas.
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Hoy en día, el sebo o aceites vegetales
como la copra (almendra de coco sin su cáscara) sirven de
base para la fabricación del jabón.
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Polvos
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Los polvos, sustancia fina e impalpable y uno
de los maquillajes más antiguos se conocen desde Herodoto
(siglo V antes de J.-C.).
En el siglo XVI, se empieza a adornar los peinados con unos finos
polvos de almidón o de harina perfumada y de color.
El siglo XVIII sigue siendo el del aderezo y el de la coquetería
por excelencia. Nunca se ha empleado tanto los polvos y las pinturas.
Las mujeres sólo piensan en arreglarse, pintarse, maquillarse,
mirarse... En cuanto a los hombres, se empolvan con escarcha, de
blanco.
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A finales del siglo XVIII, Joséphine de
Beauharnais, la Criolla acostumbrada
a los olores fuertes y especiados de su país y conocida como
"la loca del almizcle", pone a la orden del día
los polvos perfumados de vainilla, de ambreta...
Estos polvos se encuentran en cajas realizadas con sumo cuidado
con los materiales más nobles: carey, maderas preciosas,
marfil, piel de pescado curtida y laca de china.
Bajo el segundo Imperio, se sustituyen los polvos de talco y de
almidón por los polvos de arroz impalpables, perfumados,
aterciopelados y de color, suavizando y armonizando el resplandor
del rostro por medio de un ligero velo. Beaudelaire elogia de la
siguiente manera el maquillaje que " flatte la vision poétique
de la femme " (adula la visión poética de la
mujer).
A partir de la industrialización de los polvos a mediados
del siglo XX, aparecen las cajas recargables de cartón.
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Las industrias de la cosmética al servicio
del encanto femenino viven en este período un desarrollo
prodigioso y crean líneas perfumadas entre las cuales se
encuentran los polvos.
Algunos embalajes se inspiran en lo japonés, otros se centran
en el pasado con sus decoraciones de marqueterías o de piel
de pescado curtida provenientes del siglo XVIII.
En los años 20, algunos procedimientos técnicos en
constante evolución contribuyen a una nueva presentación
de las polveras, marcada por el principio del papel metalizado.
Tras un largo período de austeridad, debido a los dos conflictos
mundiales, en el curso del cual los fabricantes juegan con los volúmenes,
con la calidad de impresión, con la pureza del grafismo o
con la armonía de los colores, surge otra metamorfosis en
los años 60 con la aparición del plástico que
sustituye poco a poco al cartón.
El mercado de los cosméticos pasa a abarcar todo el planeta
y la tecnología cada vez más competitiva hace que
surjan productos seguros y de calidad, ultra sofisticados, con propiedades
químicas conocidas bajo el nombre de alergizantes.
Con el paso de los siglos, con el empleo de materiales nobles como
el carey, las maderas preciosas, el marfil y más tarde el
cartón y el plástico, la polvera con suntuosas etiquetas
policromas constituye el verdadero testimonio cultural de una evolución
sociológica y artística.
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Agua de colonia
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A principios del siglo XVIII, Jean-Marie Farina
empieza a explotar en Colonia una agua alcohólica a partir
de cítricos, el Agua Admirable,
cuya fórmula le viene de su tío, Jean-Paul Feminis,
de la que la facultad de Medicina de Colonia reconoce las virtudes
terapéuticas.
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Esta preparación vivificante con olor fresco
y hesperidado que los franceses llaman "Eau
de Cologne" (Agua de Colonia) alcanza un enorme éxito
en toda Europa.
A principios del siglo XIX, otro Jean-Marie Farina, heredero del
fundador de la célebre casa y de la fórmula, se instala
en París y se convierte en el proveedor habitual del emperador
Napoleón I. En 1840, cede su negocio a Léonce Collas
que lo vende en 1862 a los Señores Roger y Gallet que continúan
comercializando la famosa Agua de Colonia.
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Cristal
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La opalina es un cristal de color por las adjunciones
de óxido de estaño y de hueso calcinado que le dan
ese aspecto lechoso imitando el ópalo, piedra preciosa opaca
o translúcida muy apreciada en el siglo XIX.
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Para obtener un cristal overlay, se desliza sobre
el frasco colocado en lo alto de un puntel una fina capa del color
que se desea dar al overlay.
El arte del tallista le
aporta su perfección. En efecto, es el puntel tallado sobre
el contorno del frasco el que permite ver el interior así
como las diferentes capas sucesivas.
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Caña (Soplavidrio): larga barra de hierro
hueca que sirve tanto para coger el vidrio como para soplarlo.
Puntel o caña maciza: barra de hierro maciza que sirve para
la elaboración del frasco en el transcurso de las diferentes
fases de la fabricación así como para su transporte.
La técnica del cristal cerámico o del sulfuro consiste
en incluir un camafeo en porcelana en un frasco de cristal. Los
primeros sulfuros datan de finales del siglo XVII.
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Vinagreta colgante
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Frascos de sales y vinagretas
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Pulverizador de perfume
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Al igual que en el siglo XVIII, el uso de los "pommanders"
y pulverizadores de perfumes se encuentra muy extendido en la primera
mitad del siglo XIX en el que reina el gusto burgués: decente,
razonable y sin locuras.
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